Encerrada en aquella habitación en silencio inmóvil, casi
sin aire, imaginando que está rodeada de los suyos, nadie podía saber cuánto
odiaba la mermelada de cereza. Ni ella misma antes de probarla.
Pensaba disfrutar de aquel fruto dulce y de belleza
inigualable, y encontró el más amargo de los sabores. Aquel que la dejaría mal
sabor de boca, y un insoportable dolor de estómago durante años.
Pasaban las horas y los días, y llegaba el momento de volver
a casa. Lo único que necesitaba era su maquillaje para cubrir las heridas de
guerra, limpiar las manchas de su ropa y su piel, y enseñar su sonrisa al
mundo.
Ojalá ésta fuera la última vez que tuviera que volver a
aquel cuarto oscuro. Sin vida, sin aire y la última vez que probara la odiosa
mermelada de cereza.
Ojalá nadie más tenga que probar sabores amargos en su vida…
Ojalá ni una menos… Ojalá ni una más…

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